Regresar al universo de Kubrick es aceptar un desafío de precisión absoluta. Este proyecto no busca replicar una estancia, sino capturar la psicología de un espacio icónico donde el diseño se pone al servicio de la narrativa. Se eliminan el caos y el paso del tiempo para centrarse en una estética inmaculada que rinde tributo a la visión filosófica del autor.
La propuesta se articula a través de un color verde saturado y una iluminación fría que baña las superficies lisas de la estancia. No hay texturas que distraigan; solo una simetría radical y una geometría perfecta que transforman un entorno cotidiano en una arquitectura de lo inquietante. Es un estudio de cómo la luz puede convertir un habitáculo impecable en un escenario cargado de tensión.
En este ejercicio, el diseño actúa como un acto de ilusionismo: se utiliza el orden más estricto para generar una sensación de extrañeza. El resultado es una pieza visualmente impoluta donde el silencio arquitectónico habla de lo que no se ve, demostrando que la mayor ilusión es creer que lo que es perfecto no es, al mismo tiempo, perturbador.